Nueva York, abril de 1955. El escritor Truman Ca-
pote asiste con Marilyn Monroe a un entierro.
—
Necesito teñirme —dice ella—.
Y no he tenido
tiempo de hacerlo.
Le muestra una huella oscura en la línea de separa-
ción de sus cabellos.
—
Mira que llego a ser inocente. Yo que siempre
había pensado que eras rubia al cien por cien.
—Soy una rubia auténtica. Pero nadie lo es de una
manera natural. O sea, que te zurzan.
Escena: La capilla de la funeraria Universal en la Avenida Lexington y
la calle Cincuenta y dos, Nueva York. Un interesante grupo
representativo se apretuja en los asientos: celebridades, en su mayoría,
del ambiente teatral, cinematográfico y literario internacional
presentes todos en homenaje a Constance Collier, la actriz nacida en
Inglaterra, que murió el día anterior, a los setenta y cinco años.
Nacida en 1880, Miss Collier comenzó su carrera como corista de
teatro de variedades, pasando de allí a convertirse en una de las
principales actrices shakesperianas de Inglaterra (y novia, de por vida,
de Sir Max Beerbhom, con quien nunca se casó, siendo tal vez por esa
razón la inspiración de la traviesa e inconseguible heroína de la novela
de Sir Max, Zuleika Dobson). Después de un tiempo emigró a los Estados
Unidos, donde se convirtió en una importante figura en el teatro de
Nueva York y en el cine de Hollywood. Durante las últimas décadas de su
vida vivió en Nueva York; allí daba clases de teatro de alto nivel: sólo
aceptaba profesionales como estudiantes, y por lo general profesionales
que ya eran “estrellas”. Katharine Hepburn fue su alumna permanente.
Otra Hepburn, Audrey, fue igualmente una de las protegidas de la
Collier, igual que Vivian Leigh y, unos meses antes de su muerte, una
neófita a quien Miss Collier llamaba “mi problema especial”: Marilyn
Monroe.
Marilyn Monroe, a quien conocí por intermedio de John Huston cuando
dirigía La jungla de asfalto, la primera película en que Marilyn habló,
pasó a ser protegida de Miss Collier por sugerencia mía. Conocía a Miss
Collier desde hacía unos seis años, y la admiraba como mujer de mucho
valor en el aspecto físico, emocional y creativo, y por ser, a pesar de
sus modales altaneros y de su voz de gran catedral, una persona
adorable, levemente malvada pero excesivamente cálida, digna pero
gemütlich. Me encantaba ir a los pequeños almuerzos que ofrecía con
frecuencia en su oscuro estudio victoriano en el centro de Manhattan;
tenía una infinidad de historias acerca de sus aventuras como primera
figura con Sir Beerbhom y el gran actor francés Coquelin, su relación
con Oscar Wilde, Chaplin de joven y la Garbo en los primeros años de la
sueca, en las películas mudas. En realidad, era una delicia, igual que
su fiel secretaria y compañera, Phyllis Wilbourn, una solterona
brillante pero callada que, después de su muerte pasó a ser, y sigue
siendo, acompañante de Katharine Hepburn. Miss Collier me presentó a
muchas personas de quienes me hice amigo: los Lunt, los Olivier y
especialmente Aldoux Huxley. Pero fui yo el que le presentó a Marilyn
Monroe, y al principio no le interesó conocerla, no veía muy bien, no
había visto las películas de Marilyn, y en realidad no sabía nada de
ella, excepto que era una especie de bomba sexual de pelo platinado, de
fama mundial. En fin, no parecía arcilla adecuada para la severa y
clásica formación de Miss Collier. Pero yo pensé que podían hacer una
combinación estimulante.
Así fue. “Oh, sí”, me informó Miss Collier. “Tiene algo. Es una
hermosa niña. No lo digo por lo obvio, tal vez demasiado obvio. No es
una actriz, en absoluto, en el sentido tradicional. Lo que ella tiene,
esa presencia, esa luminosidad, esa inteligencia deslumbrante, nunca
podría salir a relucir en el escenario. Es algo tan frágil, tan sutil,
que sólo la cámara puede captarlo. Es como un colibrí en vuelo: sólo la
cámara puede congelar su poesía. Pero quien piense que la chica es otra
Harlow, o una puta, está loco. Hablando de locura, es de eso que nos
estamos ocupando: de Ofelia. Supongo que la gente se reiría de sólo
pensarlo, pero realmente podría ser la Ofelia más deliciosa del mundo.
Estaba hablando con Greta la semana pasada, y le hablé de Marilyn como
Ofelia, y Greta dijo sí, que lo creía porque la había visto en dos
películas, muy comunes y vulgares, pero que de todos modos dejaban
entrever las posibilidades de Marilyn. En realidad, Greta tiene una idea
divertida. ¿Sabes que quiere hacer una película de Dorian Gray? Con
ella como Dorian, por supuesto. Bueno, dijo que le gustaría que Marilyn
fuera una de las chicas que Dorian seduce y destruye. ¡Greta! ¡Tan
desaprovechada! Y qué talento, bastante parecido al de Marilyn, cuando
se piensa. Por supuesto, Greta es una actriz consumada, de máximo
control. Esta hermosa criatura carece de todo concepto de disciplina o
sacrificio. No sé por qué, pero me parece que no llegará a vieja. Es
absurdo que lo diga, pero siento que morirá joven. Espero, ruego, que
viva lo suficiente para liberar ese talento tan extraño y encantador que
es en ella como un espíritu prisionero.”
Ahora Miss Collier ha muerto, y yo estaba en el vestíbulo de la
capilla Universal esperando a Marilyn. Hablamos por teléfono la noche
anterior y quedamos en sentarnos juntos en el servicio, que empezaría al
mediodía. Ya llevaba más de media hora de retraso. Siempre llegaba
tarde, pero pensé que, por una sola vez, podía llegar a horario. ¡Por el
amor de Dios! ¡Maldición! De repente llegó, pero no la reconocí hasta
que me dijo…
MARILYN: Querido, perdóname. Pero como ves, me maquillé y luego pensé
que no debería ponerme pestañas postizas ni pintarme los labios ni
nada, de modo que me lavé la cara, y no sabía qué ponerme…
(Lo que se había puesto finalmente habría sido apropiado para la
abadesa de un convento que asiste a una audiencia privada con el Papa.
Tenía el pelo totalmente cubierto por un pañuelo de chifón negro, un
vestido negro suelto, largo, que parecía prestado, medias de seda negra
que opacaban la rubia belleza de sus esbeltas piernas. Seguro que una
abadesa no se habría puesto los zapatos de tacos altos, negros y
vagamente eróticos, que había elegido, ni los anteojos oscuros, de
lechuza, que tornaban dramática la palidez de vainilla de su fresca
piel.)
TC: Se te ve muy bien.
M (royendo la uña del pulgar, ya totalmente comida): ¿Estás seguro?
Estoy tan nerviosa, ¿sabes? ¿Dónde está el baño? Si pudiera ir un
momento…
TC: ¿A tomarte una píldora? ¡No! Shhh. Esa es la voz de Cyril Ritchard: ya ha empezado el panegírico.
(De puntillas, entramos en la capilla llena de gente y logramos
ubicarnos en un espacio estrecho en la última fila. Cyril Ritchard
terminó de hablar. Lo siguió Cathleen Nesbitt, colega de toda la vida de
Miss Collier, y finalmente Brian Aherne se dirigió a los presentes.
Durante todo este tiempo, mi acompañante no cesaba de quitarse los
anteojos para enjugar las abundantes lágrimas que brotaban de sus ojos
azul grisáceos. Algunas veces la había visto sin maquillaje, pero hoy
presentaba una nueva experiencia visual, un rostro que no había
observado antes, y al principio no me di cuenta de qué pasaba. ¡Ah! Era
por el pañuelo de cabeza. Con el pelo oculto, el cutis sin cosméticos,
parecía de doce años, una virgen pubescente recién admitida en un
orfelinato, que se lamenta por su suerte. Por fin la ceremonia terminó, y
la congregación comenzó a dispersarse.)
M: Por favor, sentémonos aquí. Esperemos a que se vayan todos.
TC: ¿Por qué?
M: No quiero tener que hablar con todo el mundo. Nunca sé qué decir.
TC: Siéntate tú aquí, que yo esperaré afuera. Tengo que fumar un cigarrillo.
M: ¡No me puedes dejar sola! ¡Dios mío! Fuma aquí.
TC: ¿Aquí? ¿En la capilla?
M: ¿Por qué no? ¿Qué vas a fumar? ¿Marihuana?
TC: Muy graciosa. Vámonos.
M: Por favor. Hay un montón de fotógrafos abajo. Y por supuesto que no quiero que me saquen fotos con esta ropa.
TC: No te culpo.
M: Dijiste que se me veía muy bien.
TC: Y es verdad. Estás perfecta para el papel de la novia de Frankenstein.
M: Te estás riendo de mí ahora.
TC: ¿Te parece?
M: Te ríes por dentro. Y ésa es la peor clase de risa. (Frunciendo el
ceño; mordiéndose la uña del pulgar.) En realidad, podía haberme puesto
maquillaje. Todo el mundo aquí estaba maquillado.
TC: Incluso yo.
M: Hablando en serio. Es el pelo. Necesito tintura, y no tuve tiempo. Todo fue tan inesperado. La muerte de Miss Collier. ¿Ves?
(Se levantó un poquito el pañuelo para mostrarme una franja negra en la raya del pelo.)
TC: Pobre e inocente de mí. Yo que creía que eras una rubia auténtica.
M: Lo soy. Pero nadie es tan natural. ¿Por qué no te vas a la mierda?
TC: Bueno, ya se han ido todos. Vamos, levántate.
M: Estos fotógrafos están ahí todavía. Lo sé.
TC: Si no te reconocieron al entrar, no te reconocerán cuando salgas.
M: Uno me reconoció. Pero me metí por la puerta antes de que empezara a gritar.
TC: Debe haber una puerta posterior. Podemos salir por ahí.
M: No quiero ver ningún cadáver.
TC: ¿Por qué vamos a ver cadáveres?
M: Esto es una funeraria. Deben guardarlos en alguna parte. Lo único
que me falta, entrar en un cuarto lleno de muertos. Ten paciencia.
Iremos a alguna parte y te invitaré a tomar champagne.
(De modo que nos quedamos sentados y Marilyn dijo: “Odio los
funerales. Me alegro de no tener que ir al mío. Sólo que no quiero
funeral, y que uno de mis hijos, si tengo alguno, tire mis cenizas al
viento. Hoy no habría venido de no ser porque Miss Collier me quería, se
preocupaba por mi porvenir y era como una abuelita, una abuelita
severa, pero que me enseñó muchas cosas. Me enseñó a respirar. Lo he
aprovechado, y no sólo cuando actúo. Hay otros momentos cuando respirar
es un problema. Pero cuando me enteré de la muerte de Miss Collier, lo
primero que pensé fue: Oh, Dios mío, ¿qué pasará con Phyllis? Miss
Collier era toda su vida. Pero me enteré de que se fue a vivir con Miss
Hepburn. Feliz de Phyllis. Lo pasará tan bien ahora. Me gustaría cambiar
con ella. Miss Hepburn es una persona maravillosa. En serio. Ojalá
fuera amiga mía. Podría llamarla a veces y… bueno, no sé, charlar con
ella”.
Hablamos de cómo nos gustaba Nueva York y de cuánto aborrecíamos Los
Angeles. “Aunque nací ahí, no se me ocurre nada bueno que decir de Los
Angeles. Si cierro los ojos, y me imagino Los Angeles, todo lo que veo
es una gran várice.” Hablamos de actores y actuaciones. “Todos dicen que
no sé actuar. Decían lo mismo de Elizabeth Taylor. Y se equivocaron.
Estuvo magnífica en Ambiciones que matan. A mí nunca me darán el papel
apropiado, algo que realmente quiera hacer. No me ayuda el aspecto
físico. Demasiado específico”; hablamos un poco de Elizabeth Taylor;
quería saber si yo la conocía y le dije que sí, y ella dijo bueno, cómo
es, cómo es en realidad, y yo dije bueno, es algo parecida a ti, es muy
franca y dice cualquier cosa, y Marilyn dijo vete a la mierda y me dijo
bueno, si alguien me preguntara cómo era Marilyn Monroe, cómo era
Marilyn Monroe en realidad, qué diría, y le dije que tenía que
pensarlo.)
TC: ¿Te parece que podemos irnos de una vez? Me prometiste champagne, ¿recuerdas?
M: Recuerdo. Pero no tengo dinero.
TC: Siempre llegas tarde y nunca tienes dinero. Por casualidad, ¿no estás bajo la impresión de que eres la reina Isabel?
M: ¿Quién?
TC: La reina Isabel. La reina de Inglaterra.
M (frunciendo el ceño): ¿Qué tiene esa mierda que ver conmigo?
TC: La reina Isabel nunca lleva dinero encima. No le está permitido.
El vil metal no debe mancillar la palma de la mano real. Hay una ley, o
algo así.
M: Ojalá pasaran una ley parecida para mí.
TC: Sigue así y a lo mejor sucede.
M ¿Cómo paga cuando va de compras?
TC: Su dama de compañía trota a su lado con una bolsa llena de peniques.
M: ¿Sabes una cosa? Te apuesto a que le dan todo gratis. Como pago cuando ella dice que usa el producto.
TC: Es muy posible. No me sorprendería en lo más mínimo. Proveedores
de Su Majestad. Perros galeses. Todas esas golosinas Fortum & Mason.
Marihuana. Preservativos.
M: ¿Para qué quiere ella preservativos?
TC: Ella no, tonta. Para ese bobo que la sigue dos pasos atrás. El príncipe Felipe.
M: Para él. Oh, sí, me gusta. Debe tener un lindo aparato. ¿Te conté
esa vez que Errol Flynn sacó el aparato y tocó el piano con él? Bueno,
fue hace cien años. Yo recién empezaba y fui a una fiesta tonta. Estaba
Errol Flynn, muy contento consigo mismo. Aporreó las teclas. Tocó Eres
mi rayo de sol. ¡Cristo! Todo el mundo dice que Milton Berle tiene el
schlong más grande de Hollywood. Pero ¿a quién le importa? Eh, ¿tienes
dinero encima?
TC: Unos cincuenta dólares.
M: Eso nos debe alcanzar para un poco de champagne.
(Afuera, Lexington estaba vacía de sospechosos: nada más que
inofensivos transeúntes. Eran como las dos de una linda tarde de abril,
ideal para caminar. Deambulamos hasta la Tercera Avenida. Unos pocos
dieron vuelta la cabeza, no porque reconocieran a Marilyn como Marilyn,
sino debido a su atavío funerario. Ella rió con esa sonrisa suya tan
especial, tentadora como cascabeles, y dijo: “A lo mejor siempre debería
vestirme así, verdaderamente anónima”.
Mientras nos acercábamos al bar de P. J. Clarke, dije que éste sería
un buen lugar para tomar un refresco, pero Marilyn lo vetó. “Está lleno
de esos idiotas de publicidad. Y esa perra Dorothy Kilgallen siempre
está allí, emborrachándose. ¿Qué les pasa a estos irlandeses? Chupan más
que los indios.”
Me sentí obligado a defender a la Kilgallen, que era algo amiga mía, y
dije que en ocasiones podía llegar a ser muy graciosa. Marilyn dijo:
“Sea como sea, ha escrito cosas terribles acerca de mí. Todas esas
perras me odian. Hedda, Louella. Sé que supuestamente una debe
acostumbrarse a eso, pero yo no puedo. Lo que dicen, duele. ¿Qué he
hecho yo a esas brujas? El único que escribe cosas decentes de mí es
Sidney Skolsky. Pero él es hombre. Los tipos me tratan bien. Como si
fuera un ser humano. Por lo menos me otorgan el beneficio de la duda. Y
Bob Thomas es un caballero. Y Jack O’Brian”.
Miramos las vidrieras de las tiendas de antigüedades. En una había
una bandeja con anillos viejos y Marilyn dijo: “Ese es bonito. El
granate con las perlitas. Me gustaría poder usar anillos, pero no me
gusta que la gente se fije en mis manos. Son demasiado gordas. Elizabeth
Taylor tiene las manos gordas. Pero con los ojos que tiene, ¿quién se
va a fijar en sus manos? Me gusta bailar desnuda frente a un espejo y
ver cómo se me mueven las tetitas. No son feas. Ojalá no tuviera las
manos tan gordas.”
En otra vidriera vimos un hermoso reloj de péndulo, lo que le hizo
decir: “Nunca tuve un hogar. Una casa verdadera, con muebles míos. Pero
si vuelvo a casarme, y gano mucho dinero, voy a alquilar un par de
camiones y recorreré la Tercera Avenida comprando todo lo que se me
ocurra. Una docena de relojes de péndulo. Los pondré todos en un cuarto,
y todos a la misma hora. Eso sería como un verdadero hogar. ¿No te
parece? ¡Eh! ¡Mira! ¡Enfrente!”
TC: ¿Qué?
M: ¿Ves el letrero con la palma de la mano? Ahí deben leer el futuro.
TC: ¿Tienes ganas de entrar?
M: Bueno, vamos a ver cómo es.
(No es un lugar acogedor. Por una vidriera sucia percibimos un cuarto
desprovisto de muebles con una mujer flaca, con aspecto de gitana,
sentada en una silla de lona debajo de una lámpara roja como el infierno
que colgaba del techo y que esparcía un brillo torturador. Estaba
tejiendo un par de escarpines. No nos miró. Marilyn estuvo a punto de
entrar, luego cambió de idea.)
M: Hay veces que me gusta saber qué pasará. Pero después pienso que
es mejor no saberlo. Me gustaría saber dos cosas, sin embargo. Una, si
voy a adelgazar.
TC: ¿Y la otra?
M: Es un secreto.
TC: Vamos, vamos. Hoy no puede haber secretos. Hoy es un día de
dolor, y los que sufrimos compartimos los pensamientos más recónditos.
M: Bueno, es acerca de un hombre. Hay algo que quiero saber. Pero no diré más. Realmente es un secreto.
(Y pensé: Eso es lo que tú crees. Ya te lo sacaré.)
TC: Estoy preparado para invitarte con champagne.
(Terminamos en la Segunda Avenida, en un restaurante chino vacío,
decorado chillonamente. Pero tenía un bar bien provisto, y pedimos una
botella de Mumm. Llegó, pero sin helar y sin balde. La tomamos en vasos
altos, con cubitos adentro.)
M: Esto es divertido. Como filmar en exteriores. Si a una le gusta. A mí no. Niagara. Qué película mala. Horrible.
TC: Hablemos de tu amor secreto.
M: (silencio).
TC: (silencio).
M: (risitas).
TC: (silencio).
M: Conoces a tantas mujeres. ¿Cuál es la mujer más atractiva que conoces?
TC: Barbara Paley. No tiene rival.
M (frunciendo el ceño): ¿Esa a la que le dicen “Babe”? A mí no me
parece una beba. La he visto en Vogue. Es elegante. Encantadora. Mirando
las fotos una se siente como una chancha.
TC: Le divertiría oír eso. Te tiene celos.
M: ¿Celos de mí? Te estás burlando de nuevo.
TC: No. Está celosa.
M: Pero ¿por qué?
TC: Por lo que dijo en los diarios una periodista, creo que la
Kilgallen. Algo así: “Se rumorea que Mrs. Di Maggio tuvo una cita con el
mayor magnate de la televisión, y no precisamente para hablar de
negocios”. Ella leyó la nota y creyó que era verdad.
M: ¿Que era verdad qué?
TC: Que su marido tiene un asunto contigo. William S. Paley. El mayor
magnate de la televisión. Le gustan las rubias bien formadas. Las
morochas también.
M: Eso es un disparate. No conozco a ese tipo.
TC: Ah, vamos, vamos. Conmigo puedes ser franca. Este amante secreto es William S. Paley, n’est-ce pas?
M: ¡No! Es un escritor. El es un escritor.
TC: Eso es mejor. Ya vamos a alguna parte. De modo que tu amante es
un escritor. Debe de ser malísimo, o no te avergonzarías de decirme su
nombre.
M (furiosa, frenética): ¿Por qué es la “S”?
TC: La “S”. ¿Qué “S”?
M: La “S” en William S. Paley.
TC: Oh, esa “S”. No quiere decir nada. La metió allí porque quedaba bien.
M: ¿Sólo una inicial que no reemplaza nada? Por Dios. Mr. Paley debe de ser un poquito inseguro.
TC: Tiene un montón de tics. Pero volvamos a tu misterioso escriba.
M: ¡Basta! No entiendes. Tengo tanto que perder.
TC: Mozo, otra botella de Mumm, por favor.
M: ¿Estás tratando de aflojarme la lengua?
TC: Sí. Te diré una cosa. Hagamos un trato. Yo te cuento un cuento, y
si te parece interesante, tal vez podamos hablar de tu amigo el
escritor.
M (tentada, pero renuente): ¿Un cuento de qué?
TC: De Errol Flynn.
M: (silencio).
TC: (silencio).
M (enojada consigo misma): Bueno, empieza.
TC: ¿Recuerdas lo que me contaste de Errol? ¿Lo contento que estaba
con su pito? Yo soy testigo de eso. Una vez pasamos juntos una noche muy
agradable. Si me entiendes.
M: Lo estás inventando. Estás tratando de engañarme.
TC: Lo juro. Estoy jugando limpio. (Silencio. Pero veo que está muy
interesada, de modo que después de encender un cigarrillo, prosigo.)
Bueno, sucedió cuando yo tenía dieciocho años. O diecinueve. Durante la
guerra. El invierno de 1943. Esa noche daba una fiesta Carol Marcus, que
no sé si ya estaba casada con Saroyan, en honor de su mejor amiga,
Gloria Vanderbilt. La fiesta fue en la casa de su madre, en Park Avenue.
Una gran fiesta. Habría unas cincuenta personas. Como a la medianoche
entra Errol Flyn con su doble, un playboy que hacía las escenas de capa y
espada, llamado Freddie McEvoy. Los dos estaban bastante borrachos. De
todos modos, Errol se puso a charlar conmigo. Era inteligente, y nos
reíamos mucho. De pronto dijo que quería ir a El Morocco, y por qué no
iba con él y con su amigo McEvoy. Dije que sí, pero McEvoy no quería
irse de la fiesta, que estaba llena de jovencitas recién presentadas en
sociedad, de manera que Errol y yo nos fuimos solos. Sólo que no fuimos a
El Morocco. Tomamos un taxi hasta la zona de Gramercy Park, donde yo
tenía un departamento de un ambiente. Se quedó hasta el día siguiente,
al mediodía.
M: Y ¿cómo calificarías? ¿En una escala de uno a diez?
TC: Francamente, si no hubiera sido Errol Flynn, ni siquiera me acordaría.
M: No es un gran cuento. No mereces el mío. Ni por asomo.
TC: Mozo, ¿y el champagne? Los dos tenemos sed.
M: Y no me has dicho nada nuevo. Ya sabía que Errol caminaba en
zigzag. Tengo un masajista que es como mi propia hermana, que era
masajista de Tyrone Power, y él me contó la relación que había entre
Errol y Tyrone. De modo que tendrías que contarme algo mejor.
TC: Es difícil hacer tratos contigo.
M: Estoy lista a escuchar. De modo que cuéntame cuál fue tu mejor experiencia. En ese sentido.
TC: ¿La mejor? ¿La más memorable? Mejor que contestes tú primero.
M: ¡Y dices que yo soy difícil! ¡Ja! (tomando champagne) Joe no es
malo. Juega bien al béisbol. Si fuera por eso, aún seguiríamos casados.
Todavía lo amo. Es sincero.
TC: Los maridos no cuentan. En este juego.
M (mordisqueándose la uña; pensando, realmente): Bueno, conocí a un
hombre, medio pariente de Gary Cooper. Un corredor de bolsa, no gran
cosa: sesenta y cinco años, usa anteojos gruesos. No sé qué era, pero…
TC: Puedes parar ahí. Sé todo acerca de él por otras chicas. Ese
viejo espadachín sigue recorriendo mundo. Se llama Paul Shields. Es el
padrastro de Rocky Cooper. Se supone que es sensacional.
M: Lo es. Bueno, vivo. Tu turno.
TC: Olvídalo. No tengo por qué contarte nada. Porque ya sé quién es
tu maravilla oculta: Arthur Miller. (Bajó los anteojos negros. Si las
miradas mataran…)
M (tartamudeando): Pero ¿cómo? Quiero decir, nadie… Es decir, casi nadie…
TC: Hace por lo menos tres o cuatro años, Irving Drutman…
M: ¿Irving qué?
TC: Drutman. Un escritor del Herald Tribune. El me contó que tú
andabas con Arthur Miller. Que estabas enamorada de él. Soy demasiado
caballero para haberlo mencionado antes.
M: ¡Caballero! (tartamudeando de nuevo pero con los anteojos negros
en su lugar) Tú no entiendes. Eso fue hace mucho. Eso terminó. Pero esto
es nuevo. Todo es diferente ahora y…
TC: No olvides invitarme a la boda.
M: Si dices algo de esto, te mato. Te hago eliminar. Conozco un par de hombres que me harían ese favor con todo gusto.
TC: Es algo que no dudo ni por un minuto.
(Por fin regresa el mozo con la segunda botella.)
M: Dile que se la lleve. No quiero más. Quiero irme de aquí.
TC: Siento haberte molestado.
M: No estoy molesta.
(Pero lo estaba. Mientras pagaba la cuenta, fue al toilette. Deseé
tener conmigo un libro para leer: sus visitas al toile-tte a veces
duraban tanto como la preñez de una elefanta. Mientras pasaba el tiempo,
me puse a pensar si estaría tomando píldoras tranquilizantes o
estimulantes. Tranquilizantes, sin duda. Había un diario en el bar. Lo
tomé. Estaba escrito en chino. Después de unos veinte minutos, decidí
investigar. A lo mejor se había tomado una dosis letal, o cortado las
muñecas. Encontré el baño de damas y llamé a la puerta. Dijo: “Pasa”.
Estaba frente a un espejo mal iluminado. Pregunté: “¿Qué estás
haciendo?”. Ella contestó: “Mirándola”. En realidad, se estaba pintando
los labios color rubí. Además, se había quitado el pañuelo de la cabeza y
peinado ese pelo brillante y finito que tenía.)
M: Espero que te quede bastante dinero.
TC: Depende. No como para comprar perlas, si es tu idea de hacer las paces.
M (riendo, nuevamente de buen humor. Decidí no volver a mencionar a Arthur Miller): No. Para un viaje en taxi, nada más.
TC: ¿Adónde vamos, a Hollywood?
M: Diablos, no. A un lugar que me gusta. Ya verás cuando lleguemos.
(No tuve que esperar tanto, pues no bien subimos al taxi, oí que le
decía que nos llevara al muelle de la calle South, y pensé: “¿No es allí
donde se toma el ferry para Staten Island?”. Y mi conjetura fue: tomó
píldoras además del champagne, y está loca ahora.)
TC: Espero que no vayamos a tomar un barco. No llevo dramamine encima.
M (feliz, riendo): Vamos al muelle, nada más.
TC: ¿Puedo preguntar por qué?
M: Me gusta. Huele a otro país, y puedo dar de comer a las gaviotas.
TC: ¿Qué les darás? No tienes nada.
M: Sí, tengo la cartera llena de bizcochitos chinos. Los robé del restaurante.
TC (haciendo una broma): Sí, sí. Mientras estabas en el baño abrí uno, y el papelito de adentro era un chiste verde.
M: Por Dios. ¿Obscenidades en vez del porvenir?
TC: Seguro que a las gaviotas no les importará.
(Pasamos el Bowery. Tiendas diminutas de empeño, estaciones de
donación de sangre, cuartos con camas por cincuenta centavos, pequeños
hoteles sórdidos de alojamiento por un dólar, bares de blancos, bares de
negros y por todas partes vagos, vagos jóvenes, ancianos vagos en
cuclillas sobre la vereda sentados en medio de vidrios rotos y de
vómitos, vagos apoyados contra las puertas y acurrucados como pingüinos
en las esquinas. En una oportunidad, al detenernos ante una luz roja, un
espantapájaros de nariz roja avanzó tambaleándose hacia nosotros y
empezó a limpiar el parabrisas del taxi con un trapo húmedo que aferraba
su temblona mano. Nuestro conductor protestó, gritando obscenidades en
italiano.)
M: ¿Qué es esto? ¿Qué pasa?
TC: Quiere una propina por limpiar el vidrio.
M (cubriéndose la cara con la cartera): ¡Qué horrible! No lo aguanto.
Dale algo. Apúrate. ¡Por favor! (Pero ya el taxi partía, derribando
casi al viejo borracho. Marilyn lloraba.) Estoy descompuesta.
TC: ¿Quieres irte a casa?
M: Se ha arruinado todo.
TC: Te llevaré a casa.
M: Espera un minuto. Ya estaré bien.
“(Así llegamos a South Street, y efectivamente la visión de un
transbordador anclado allí, con la silueta de Brooklyn al otro lado del
agua y las blancas gaviotas que describían piruetas contra un horizonte
marino salpicado de leves y algodonosas nubes como encajes delicados,
ese cuadro, tranquilizó pronto su espíritu.
Al bajarnos del taxi vimos a un hombre que llevaba a un
chow-chow de la correa, un posible pasajero en dirección al
transbordador, y, cuando nos cruzamos con ellos, mi acompañante se
agachó para acariciar la cabeza del perro.)
EL HOMBRE (con tono firme, pero no hostil): No debería tocar a perros
que no conozca. Especialmente a los chow. Podrían morderla.
MARILYN: Los perros no me muerden. Sólo los seres humanos. ¿Cómo se llama?
EL HOMBRE: Fu Manchú.
MARILYN (riendo): ¡Oh! Como en la película. Tiene gracia.
EL HOMBRE: ¿Cuál es el suyo?
MARILYN: ¿Mi nombre? Marilyn.
EL HOMBRE: Lo que me figuraba. Mi mujer nunca me creerá. ¿Podría darme su autógrafo?
(Sacó una tarjeta y una pluma; utilizando el bolso como apoyo, escribió: “Dios le bendiga, Marilyn Monroe.”)
MARILYN: Gracias.
EL HOMBRE: Gracias a usted. Ya verá cuando lo enseñe en la oficina.
(Llegamos a la orilla del muelle y escuchamos el chapoteo del agua.)
MARILYN: Yo solía pedir autógrafos. A veces lo hago todavía. El año
pasado, Clark Gable estaba sentado junto a mí en Chasen´s y le pedí que
me firmara la servilleta.
(Apoyada en un poste de amarre, me daba el perfil: Galatea
contemplando lejanías inexploradas. La brisa le acariciaba el pelo, y su
cabeza se volvió hacia mí con etérea suavidad, como movida por el
aire.)
TC: Pero ¿cuándo damos de comer a los pájaros? Yo también tengo hambre. Es tarde y no hemos almorzado.
MARILYN: Recuerdas que te dije que si alguien te preguntaba cómo era
verdaderamente
Marilyn Monroe…, bueno, ¿qué le contestarías? (Su tono era inoportuno,
burlón, pero también grave: quería una respuesta sincera.) Apuesto a que
dirías que soy una estúpida. Una sentimental.
TC: Por supuesto. Pero también diría…
(La luz se iba. Marilyn parecía esfumarse con ella, mezclarse
con el cielo y las nubes, disolverse a lo lejos. Quería elevar mi voz
sobre los chillidos de las gaviotas y llamarla para que volviese:
¡Marilyn! ¿Por qué todo tuvo que acabar así, Marilyn? ¿Por qué la vida
tiene que ser tan terrible?)
TC: Diría…
MARILYN: No te oigo.
TC: Diría que eres una adorable criatura.”
(Música para camaleones)